jueves, 1 de enero de 2009

There, there...




Just cos´ you feel it, doesn´t mean it´s there..........

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Kike, el fetichista de bragas III

Con los años su obsesión fue transformándose.
En poco tiempo Enrique ya conocía todas las tiendas de lencería de su barrio–que a su pesar poco abundaban- en las que entraba a diario, ocultándose bajo unas gafas negras y un viejo abrigo que conseguía camuflar la verdadera identidad de quien lo vistiera. Así pues se familiarizó con todos aquellos rincones destinados a manos femeninas. Enrique había visto tanta ropa que hubiera sido capaz de acertar el tipo de tela, talla y color de ropa interior que vestían las mujeres que con él se cruzaban. Las observaba e imaginaba. Sin embargo, aquella rutina comenzó a resultarle monótona. Su mundo se hacía pequeño y Enrique llegó a la conclusión de que sus necesidades no quedaban del todo satisfechas cuando observaba la lencería en el cuerpo de plástico de un maniquí; pensó, con un convencimiento asombroso, que si conseguía ver aquellas prendas en un cuerpo verdadero de carne y hueso, que pudiera hablar, sentir y expresar, su placer se intensificaría infinitamente más. De esta forma, despegó la nariz del cristal y se prometió que no volvería a ese lugar hasta descubrir los efectos que dichos objetos surtieran en el cuerpo de una mujer real.
Mientras caminaba hacia casa meditó sobre sus nuevos propósitos, con la cabeza gacha intentó concentrarse en el método que a partir de ese momento emplearía. De pronto recordó que su padre guardaba una vieja cámara de fotos en un cajón del desván, y se regocijó en el pensamiento de inmortalizar en un papel todo aquello que le provocaba un placer que ni siquiera él sabía explicar.
Enrique se propuso, como primer reto, capturar con su cámara todas aquellas imágenes que le parecieran bellas, consiguieran no dejarle indiferente o despertaran en su interior algún sentimiento, aunque fuera durante un instante.
Corrió hacia casa, se encerró en su habitación, y decidió no abandonarla hasta que tuviera perfectamente diseñado el plan que ocuparía sus días hasta que le acechara otra necesidad más importante.

martes, 23 de diciembre de 2008

Kike, el fetichista de bragas II

Enrique dedicaba gran parte del día a estudiar una carrera que poco le entusiasmaba; la necesidad de empezar a construir su propia vida y abandonar lo que él sarcásticamente denominaba hogar era demasiado urgente.
Caminaba por los pasillos de la facultad solo, solo se sentaba en clase, en la cafetería, atrapado en alguna composición de Sergei Rachmaninov, con el tic incesante de sus yemas golpeando su pierna, o la mesa, imaginando las teclas de un piano inexistente. Lullaby de The Cure, era su canción preferida para observar a mujeres; Money de Pink Floyd, sonaba en el coche a un volumen considerable durante el trayecto de vuelta a casa; el erotismo de Led Zeppelin envolvía sus tímpanos en la intimidad provocando sensaciones más que placenteras.
Cuando llegaba el momento de relacionarse con los demás Enrique no dejaba de cuidar las formas; su trato (a veces con un toque irónico del que únicamente él se percataba) era cordial, amable y respetuoso, a pesar de no sentir el más mínimo atisbo de cariño por otras personas. Enrique no despreciaba a los demás, simplemente le resultaban indiferentes. Sin embargo, los objetos eran otra cosa. Algunos objetos conseguían despertar en él sentimientos que ningún humano le había provocado jamás. Cuando contaba con 8 años, - la última vez que su padre le agarró de la mano, recordaba él-, Enrique se dio cuenta del poder que ciertos objetos ejercían sobre él.
Y ocurrió delante de un escaparate de lencería de mujer.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Kike, el fetichista de bragas

Enrique tiene 23 años, nació en una pequeña localidad de Burgos.
Desde muy joven supo que el matrimonio de sus padres estaba roto, aunque ellos tomaran muchas precauciones en fingir delante de él lo contrario. Él había visto a su madre relacionarse con otros hombres en varias ocasiones, y su padre trabajaba demasiadas horas para ser consciente de algo. Debido a la falta de comprensión, amor y cariño que recibía por parte de sus padres comenzó a desarrollar un sentido de independencia a una edad muy temprana. Dicho sentido le liberaba de todo tipo de pasiones que pudieran perjudicarle –pensaba él - , pues todo cuanto había a su alrededor le había fallado. Enrique buscaba en su interior un lugar más seguro, aunque en el fondo le atormentara sentirse tan solo. A raíz de esa extraña soledad Enrique vio ante él la posibilidad de enriquecerse con el mundo de las artes. De este modo comenzó a experimentar con sus capacidades en música, pintura, escritura, llegando a componer fragmentos realmente bellos, pero que por su condición introvertida se obligaría a esconder y jamás mostrar. Enrique también amaba la lectura (Freud estaba entre sus favoritos), su estantería estaba plagada de tomos de libros polvorientos con las tapas raídas, que alguien había calificado una vez de “infumables”, pero que en cambio él consideraba verdaderas obras de arte.
Enrique se había convertido en una persona extremadamente meticulosa en el orden. Su ropa se amontonaba por colores, incluso texturas. Sus discos de música por orden alfabético, estilos y cronologías. Le gustaba almacenar objetos en distintas cajas, que variaban de color y tamaño según el objeto que contuviera. Nadie era consciente de tales manías, pues Enrique entraba en su habitación y salía de ella sin levantar sospechas de lo que estaba tramando en su interior. En realidad, tampoco nadie se preguntaba por ello.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Time

Fue en ese lugar, en ese instante y bajo aquella débil luz, donde decidió pararse en seco y romper a llorar. En realidad no era tristeza lo que sentía, ni siquiera nostalgia.
No.
Era más profundo que todo aquello. Era lo más profundo de ella.
Había caminado toda la acera evitando miradas. Concentrándose, únicamente, en la punta de sus viejos zapatos, y de vez en cuando, en las manos que se cruzaban con las suyas sin rozarlas. Sólo pasaban cerca.
Caminaba, también, con la extraña certeza de haber perdido algo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel día…?
Le costaba recordarlo. A juzgar por sus canas, sus labios arrugados y su memoria desgastada, debían haber pasado muchos años. Quizás más de los que ella hubiera querido…
Y ahí se encontraba, otra vez, quizás por última vez.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Sigur Ros


Discover Sigur Rós!


Se sentó despacio a mi lado, en esa fría habitación de paredes grises, llena de cajas y cables repartidos por el suelo sin ningún tipo de lógica, de tal forma que aquel espacio parecía estar a punto de ser abandonado o bien a punto de crearse. El chico de cabello negro, de mirada intensa y manos cálidas, tras meditar un segundo quebró el silencio y comenzó a hablar:

Era otro ritmo. Todo iba más despacio.
Y el silencio. El silencio era muy importante.
¿Cómo cantar un idioma inventado? De las canciones de este grupo cada persona saca su propia letra, su propio sentido.
La altura media de la gente del concierto era superior a la normal. Y nadie bailaba.
Más que un baile era un suave balanceo hacia alante y atrás. La música de este grupo afecta al centro de gravedad de tu cuerpo...

(Luisal - Atocha, 13 de Noviembre de 2008)


viernes, 7 de noviembre de 2008

The other side of the Atlantic

Recurro al papel, desesperada. Los pensamientos van más rapido que mis manos.
Ayer vi mi reflejo, en un cristal,
y me sentí fuera de escena.
Escuchaba una melodía que me apartaba del mundo,
triste
mientras mi mente se dispersaba
entre luces y sombras
de una calle de Madrid,
sentí que desaparecía...
quise estar al otro lado y mis pies no se movían,
apreté los puños
los dientes
esperando doblar las rodillas para avanzar y no caer.
Nada.
Mi mente parece la única parte lúcida...
Cierro los ojos...
por un instante creo estar al otro lado
del altlántico.

sábado, 25 de octubre de 2008


En realidad, ya no importaba quien fuera ella o quien se sintiera, porque su vida era un constante cambio, un desequilibrio en movimiento buscando el centro. Lo notaba cada vez que abría el frasco de colonia abandonado en el armario, y el olor a pasado le impregnaba el olfato, o cuando encontraba, por casualidad, restos de recuerdos al fondo del cajón. Ella había cambiado y era inevitable. Al mismo tiempo se sentía entera. Entera y a veces, sin saber qué decir o qué pensar…

martes, 14 de octubre de 2008


Rodeados de océano
A merced de la marea
Con las manos hundidas en
barro,
O tierra..
No hay llanto ni pena
no existe la nostalgia
(aún)
Tu contorno en la marea
enreda
mis pies.

jueves, 9 de octubre de 2008

Mingo, el Pescador



Mingo mira, nos mira, con esos ojos verdes enormes, que cambian de color - a veces porque está triste, dice él - mientras con sus manos mueve el aire, ahí sus pliegues, sus uñas gastadas y el olor a salitre de tantos años en el mar.

Mingo en la isla, la isla en Mingo.

Con el Bermejo en la mesa pasan las horas. Nos habla de tiempos extraños, ajenos a nosotros y a la vez parte de nosotros en cada rincón que señala con el dedo. Fue difícil despedirse de aquel lugar. Porque Mingo también era un lugar. Cada vez que contaba una de sus muchas historias, de pronto hacía una pausa, se detenía, agachaba la cabeza y bajaba el tono, hablando casi en susurros. Y sin darnos cuenta, estabamos agrupados alrededor de él. Caminamos por calles de arena escuchando sus palabras y sus silencios. Simplemente escuchando e imaginando. Entonces vimos la otra parte de la isla, la que atraviesa superficies.
La verdadera realidad.

(Campanilla - Hikori)


Y esta noche el Jameo, la cueva de al lado de El Ermitaño (El Flaco Juan, le llaman)
Esta noche entre telas y palmera beberemos Bermejo y Arehucas
dormiremos con shishidos de marea
la media luna color canela despertará
nuestro subconsciente
navegará hasta Alegranza y hasta el Atlántico y sin tierra ni verde
aquí sólo hay conejos, palés, montes de venus y cromas cercanos al centro del
PLANETA

(Tristana - Aquela)


Se despertó sin saber quién era ella, de dónde venía lo que sentía, de dónde llegaba lo que pensaba. Y hay veces en que la soledad raya lo absoluto, veces en las que sientes que el telón se va a derrumbar...
La marea se lleva mis dudas
Y volver volveremos,
volveremos a volver.

(Sara - Arcoiris / Mamá Oca)


Todo es tan luminoso que no sé si hace sol o no.
No sé si hace frío o calor.
Los días se desdibujan,
Las noches son noches de verdad.
No hay luz.

"A partir de aquí me fui a África, (...) cuando volví de África me decían: ¡estás loco! y yo les contestaba: No te voy a contar nada... (...) Cuando me fui a Hamburgo fue el día que se derrumbó el muro. Yo estuve allí, el día de la unificación alemana, y yo no sabía nada, hablaba cuatro palabras en guiri y francés, no alemán, dormía debajo de un puente..."

Lo que le dice el viento.

Cuando Mingo habla, explica mucho más su cuerpo que sus palabras. Sus fuertes gestos, la mirada despierta y atenta debajo de su gorra y su risa sincera transmiten una calma tan profunda que es difícil de explicar. No tiene muchas palabras. Las conoce pero no las usa, porque no le resulta necesario. Sus frases son cortas y lentas. No tiene prisa en decir lo que piensa. Es pequeño y robusto, y el color de sus ojos es de un gris indefinido, que, como su isla, cambia con la marea, con las olas y con el viento.

- Mañana va a hacer bueno - dice, mirando más alla del horizonte.
- ¿Por qué, Mingo?
- Porque el viento... ¡fúuuuu! - sin apartar la mirada extiende los brazos y hace energéticos gestos en dirección al viento.

¡Fuá! ¡fuuú! ¡buá! ¡chss! ¡chuip! ¡shuum!

Sus frases están llenas de este vocabulario que no ha aprendido en ningún libro o en las revistas o en la televisión. No se lo ha enseñado su padre o su maestro. Son palabras que le han enseñado el mar, la arena, la sal y el viento. Mingo habla con la brisa y la tormenta con las olas y las piedras.
- Mañana va a hacer bueno
- ¿Por qué, Mingo?
Se gira.
Sonríe.
- Me lo ha dicho el viento.

(Luisal - Gran Castor)

Y viene Mingo o... Mufasa, y es imposible no quererle, no desear abrazarle y decir:
- Mingo, lo que tu digas.
En esta isla donde el tiempo no importa descansamos de la historia del mundo.
No me quiero marchar, porque no veo el momento de volver y cuando marchemos dejaremos algo de nuestro aquí y lo que nos llevamos no tiene precio
porque no se puede pagar lo que no tiene precio.

(Nerea - Keeo)