- Anoche soñé que te caías de mis manos y te rompías - ¿En serio? - Quería sujetarte entre mis dedos… - Bueno, aquí estoy, entero, puedes verme cada día - Si, pero yo a veces no quiero mirarte… - ¿Por qué? - No quiero saber la verdad… - Bueno, ya sabes que no puedo engañarte… - Quiero hacerlo sin miedo - Eso depende de ti. - Últimamente no nos vemos mucho… - Lo sé. Pero yo estaré siempre aquí. Aunque tú no me veas…
He pensado muchas veces en las palabras que nunca te dije
Mientras corro bajo la lluvia pienso en los minutos eternos, de antes,
ahora fugaces… Quisiera hablarte sobre cómo me siento ahora,
Mírame,
empapada mientras saboreo las gotas que no son lágrimas y escapan de mis párpados … Quisiera hablarte de los silencios que no hieren, de las palabras que no atan. Decirte que he vuelto a disfrutar la música, saqué mi guitarra, soplé el polvo. Decirte que estoy entera que mi corazón vibra, y se confunde entre la gente… Quisiera que supieras que he vuelto a sonreír sin motivo que me baña el cielo y sólo se me ocurre gritar de emoción,
sintiéndome viva, aún más… Observo cabezas que huyen protegiéndose bajo paraguas, miradas que nunca conoceré. Pienso en las palabras que ya no tienen sentido para mí… Cuento los segundos y me detengo en el instante alguien grita un nombre, me cruzo con unos ojos que no me buscan, y sin embargo, me hablan. Se funden con el reflejo de sus pupilas, con los ojos buscados.
Un abrazo.
Les observo, parecen formar parte de un cristal transparente, con sonrisas a ambos lados. Continúo caminando, mientras mis sentidos captan la humedad del aire,
No me gusta el color rojo -dice un entusiasta de la ecología sentado en su fiat 126 junto al semáforo rojo de la Avenida de Jerusalén- es el color de la prohibición: para no te muevas
cuando veas una mancha roja en la acera pasa de largo si pisas la sangre tus zapatos serán una prueba: serás cómplice
qué distinto es el color verde el color de la permisión el color de los prados de los espacios abiertos: respira adelante vuela
nuestro futuro será verde sólo los que están verdes no piensan en el miedo sobre sus cabezas verdes se ponen caperuzas rojas y ya no temen a los lobos
*** Primero: Tienes que enfrentarte a lo que te rodea tienes que estar aquí pero de otra manera tienes que estudiar qué es lo propio y que sea no soberbia sino fuerza
Segundo: Tienes que y tienes que como el silbido del látigo
Descubrimiento
Tu corazón es destrozado por el dolor: empiezas a sentir el corazón
tus ojos de repente dejan de ver: empiezas a sentir los ojos
tu memoria se hunde en la oscuridad: empiezas a sentir la memoria
te descubres a ti mismo negándote a ti mismo existes negando la existencia
El escultor de Ashanti
En el tronco de un árbol de teca busca un par de ojos
talla con el escoplo quita la primera capa no descubre nada ahonda
se va impacientando mira pero no ve nada bajo el párpado de la madera que retira no encuentra pupila
¿Y qué pasará cuando nos quitemos la ropa, y desnudos, nos quedemos el uno frente al otro? ¿qué nos diríamos entonces? No sé escribir susurros, ni la respiración… Me basta un silencio
Quizá el viento de la calle, o las horas, puedan hablar por nosotros… Me basta tu presencia sin cuerpo, sin nombre. Pienso en la situación inexistente, no lo puedo evitar...
No hay tristeza, solo ganas de llorar Quizá esa sea la respuesta, Que no hay respuesta Que no hay cuerpo Que no hay nada.
Ella entra en la cafetería. Clava su mirada detrás de la barra. Sonríe.
- Buenos días. ¿Un café con leche?
Se sitúa en la mesa de siempre, mientras el sabor de la cafeína se adueña de su boca, y los golpes de su estómago. Sola, se siente bien. Sus pensamientos dibujados vibran en los tímpanos, y el pulso se acelera.
Tengo en mi memoria momentos que almacené hace muchos años…
Recuerdo el contacto con el frío suelo, gris, donde mi pequeño cuerpo se acurrucaba dejando volar los sueños. Siempre encontraba la misma posición, acompañada de esa almohada y empuñando la suave etiqueta, que mordí hasta desgastar. Puedo recordar sus manos, enormes, arropando las mías. Pero sobretodo recuerdo que siempre desprendían calor. Todas las noches encontraban un lugar en mi cabecita, descansaban hundidas en mi pelo hasta que me quedaba dormida. Después, el olor del cabello gris, cuando se despedía. Recuerdo las canciones nocturnas (ella era más de contar historias) escuchando la suave melodía desde mi almohada, absorbiendo todos los sonidos que escapaban de las cuerdas de la guitarra. Recuerdo el silencio de sus párpados cada vez que se sentaba en mi cama y tocaba una canción, preguntarle, hablarle, y comprender su mundo. Apreciarlo. Entonces dejaba de tocar, me escuchaba y se quedaba conmigo el tiempo necesario. Con los años dejó de entrar sin avisar, y con una tímida caricia llamaba a la puerta, inventándose cualquier excusa sólo para quedarse unos minutos conmigo y hablar, saber que estaba bien. Recuerdo la etapa en que desaparecía la mayor parte de la semana por trabajo, trabajo y más trabajo. Gracias a ella – o, más bien, a pesar de ella- hoy tenemos muchas cosas que quizá en otro tiempo no valoramos. Recuerdo enfadarme con él porque fumaba, y años más tarde encontrármelo escondido en algún lugar de la casa, robándole el último aliento del día a un cigarrillo. Reírme con él y encender mi cigarro con el suyo. Esas eran noches de complicidad. Y el calor de su mano siempre te sorprendía en los momentos más crudos, protegiéndote del frío, de la tristeza, de las palabras. Él siempre buscó el último minuto del día para estar con nosotros, aunque su cuerpo le rogara a cada paso irse a la cama a descansar. Siempre tenía una sonrisa aunque nadie imaginaba dónde estaba su cabeza. Creo que nunca le vi llorar.
No sabía mucho de aquellas personas. Era de noche, y alrededor de mi se enredaban manos ajenas, los cuerpos se abrían paso a empujones. De pronto sentí la caricia extraviada de algún desconocido. Miré en todas las direcciones y ví la emoción en las caras. Esa sensación se adueñaba de nuestras mentes a medida que pasaba en tiempo. Mirarnos era suficiente para comprender que sentíamos lo mismo. Cada vez brotaban más abrazos, aquella música tenía poder… La gente aprendió de ella, superó, sufrió, amó con ella.
Aquella noche crecieron ríos. Yo los vi. Estaban en nuestros ojos.
En ese instante, una gota resbaló por mi cara y comprendí por qué eran quienes eran.
Aguardiente un tablón pintado en algún bar de Lavapiés. Cuándo no importa. No estoy sola, me acompaña el recuerdo, sentado a mi derecha me abraza. En frente de mi unos labios manchados de vino ríen y cuentan historias.
Aguardiente y un cigarro entre mis dedos humo exhalado de mi garganta convertido en aire, y después en nada. Busco miradas que se detengan, que me regalen un instante. Qué absurdo.
Mi cuerpo, en algún lugar de Madrid que ya no me resulta familiar. Miro mis manos de anciana, y pienso tal vez esperé demasiado. Hoy nada importa.